Logo

57 310 253 2436

 

EL CENTAURO
Un viaje a la Utopía

 

Por Carmen de Hita

LA UNIVERSALIDAD DEL SÍMBOLO

Más allá de épocas históricas y diferentes culturas, los símbolos son conceptos universales que nos acercan a la comprensión de los principios básicos de la existencia.
Por tanto, el estudio del Simbolismo en la Tradición en ningún caso puede, abordarse con la visión subjetiva y personalizada de un grupo social concreto. Los símbolos pertenecen a la memoria y la cultura comunes a todos los seres humanos.
Investigadores de todos los tiempos, y de todas las disciplinas, han interpretado los símbolos universales, adoptando signos de representación adecuados a su entorno cultural. El uso de una imagen, una idea o un objeto les han ayudado a identificar los símbolos a través de conceptos arraigados en su propia historia. En otras ocasiones los estudiosos han utilizado formas de expresión ajenas a su grupo de origen, creando ideas innovadoras en su entorno y enriqueciendo la percepción de los símbolos.


Así, cuando nos ejercitamos en la identificación de los símbolos, cuando buscamos su expresión contemporánea, nuestra capacidad de aprendizaje sobre el hecho cultural y social en el que vivimos, necesariamente, aumenta. Es entonces cuando los astrólogos sintonizamos con las necesidades reales de nuestra sociedad, y por lo tanto somos más útiles.
El trabajo que a continuación se expone es un ejemplo práctico sobre la búsqueda de los signos contemporáneos que identifican el concepto de La Utopía.

 

EL SUEÑO DE LOS HOMBRES, UN VIAJE A LA UTOPÍA

EL CENTAURO

LA TIERRA INTERMEDIA

Volver a las fuentes no significa necesariamente volver al pasado. Encontrar la esencia que identifica a una colectividad es un viaje apasionante.
En este caso, utilizando El Centauro, uno de los símbolos mediterráneos por excelencia, nos encontrarnos con el Elemento Fuego en su aspecto más mental y transformador de la realidad: El Centauro de Sagitario, símbolo de la pasión por vivir, el sueño de la Utopía en la mente de los hombres.
Comencemos nuestro viaje en Hispania, la Península que cierra el Mar Mediterráneo. Cuyo signo es Sagitario. Somos los países del Occidente, La Tierra Intermedia. ¿Pero intermedia entre qué y qué?:

Intermedia entre Europa y África, entre Europa y América, entre la Tierra Firme y el Océano. Intermedia entre el Norte y el Sur. Los habitantes de la Península Ibérica somos los mediterráneos del occidente y, como el Centauro de Sagitario, también estamos formados por dos mitades de naturalezas tan diferentes y sin embargo tan interrelacionadas entre sí, que necesariamente hemos tenido que desarrollar una forma muy propia de pensamiento y actitud ante la vida.
Sin utopías no podríamos sobrevivir. De hecho la utopía nos ayuda a superar cada obstáculo de nuestro camino, pensando que los tiempos mejores en que demos la espalda a nuestros problemas están ahí, a la vuelta de la esquina. Y este pensamiento optimista tiene la virtud de desmoronar los obstáculos. Soñar que vendrán tiempos mejores puede parecer, la mayoría de las veces, una insensata manera de no aceptar la realidad.
Pero sueño insensato o no, el caso es que si alguna probabilidad tienen los humanos de obtener resultados positivos en nuestras vidas, o primero estamos convencidos de nuestro sueño, o no lo conseguiremos nunca. Así que, démosle a la Utopía el valor que se merece entre las grandes capacidades humanas de gestionar el futuro y encontrar el entusiasmo necesario para llevar nuestras intenciones a buen puerto.

ZEUS LLEGA AL PODER

A fin de poder analizar la esencia del Símbolo Sagitariano, es necesario separar la figura de Júpiter, regente del signo de Sagitario, de la figura del Centauro.
En este, como en tantos otros casos, el mito griego del Padre Zeus, rey supremo del Olimpo, responde con más exactitud a la imagen y al concepto que nos ocupa que el mito romano del dios Júpiter. Y aunque es más conocido por este nombre, la normativa oficial romana sobre el dios no es tan convincente como la clara imagen de cualidades que aporta el mito griego: Zeus Olímpico.
Zeus es el tercer hijo varón de Cronos, que estaba casado con Rea, diosa a la que estaba consagrado el roble. Por otra parte, el roble es el árbol del séptimo mes lunar en las tradiciones celtas de las costas del Atlántico Norte y está emparentado, por sus cualidades, con el dios del rayo, es decir con Zeus-Júpiter.
Rea, esposa del rey Cronos, tiene bastantes hijos con él, pero Cronos no está satisfecho de su fertilidad, ya que, Urano y la Madre Tierra le habían profetizado que alguno de entre sus hijos le destronaría, así que cada vez que Rea paría un hijo, Cronos se lo tragaba inmediatamente, sin diferenciar entre hombres y mujeres.
Cronos había engendrado inicialmente tres hijas, Hestia, Demeter y Hera, y más tarde dos varones, Hades y Poseidón, a los que devoró sin dilación después de su nacimiento.
Cuando Rea quedó de nuevo encinta de Cronos para parir a Zeus, la reina estaba dispuesta a terminar con esta carnívora rutina de su sagrado esposo, urdiendo secretamente un plan para proteger y salvar al nuevo hijo, lo que no hizo con el resto de sus hijos anteriores.
Rea da a luz a Zeus y, sin perder tiempo, inmediatamente se lo entrega a su madre, la Madre Tierra. Con este encargo pone al niño bajo la custodia de la ninfa del fresno y, todas estas mujeres confabuladas lo guardan en las cuevas y en las montañas en una cuna de oro que colgaba de un árbol, de manera que no estaba “ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el mar”, como había sido profetizado, para que Cronos no pudiera localizar al recién nacido en ningún rincón del Universo.
Perfectamente escondido el niño lloraba a gritos (ya tan pequeño), de manera que los Cureter, hermanos de Zeus por tener la misma madre, cuidaban de su seguridad haciendo ruido con los escudos para semejar el trueno y que su amenazante padre Cronos no pudiera oírle.
Mientras tanto, Rea continuaba con su engaño. Entregó a Cronos una piedra envuelta en un paño, presentándola como si se tratara del hijo recién nacido. La respuesta no se dejó esperar y, por supuesto, Cronos se la tragó de un bocado.
Así que Zeus, desde el comienzo tuvo suerte, salvó la vida, resistió, creció y fue cuidado milagrosamente por todos los que están cerca de él, consiguiendo eludir a su padre, aceptando con pasión el riesgo de vivir. Pero el tiempo pasaba y el niño sagrado preparaba su futuro, de manera que al llegar a la edad núbil, sintiéndose fuerte, decide ir en busca del padre.
Se alejó de las montañas que lo guardaron y fue a pedir consejo a Metis sobre lo que debía hacer. Ella le incitó a pedir ayuda a Rea, su madre, y Zeus asumió el consejo.
Cuando llegó a palacio, se presentó ante Rea, pidiéndole que le ayudara a entrar al servicio del Rey. Como Cronos no le reconocía, le aceptó sin sospechas y fue nombrado copero real. Su objetivo era servir a Cronos la pócima con hidromiel que le había proporcionado Metis para provocarle el vómito. Y así Zeus entregó a su padre la copa de la intriga y, tras la reacción de la pócima, el rey comenzó a vomitar espectacularmente:

Primero escupió la piedra que sustituyó al propio niño Zeus, luego salieron, por este orden, Hera, Hades y Poseidón, Hestia y Demeter.
Todos ellos, triunfantes y agradecidos, nombraron a Zeus su paladín, poniendo sus cualidades a su servicio. Por primera vez Zeus-Júpiter manifestaba el liderazgo profetizado. Inmediatamente se planteó la guerra contra Cronos con el objetivo de destronar al anciano y cruel rey y Zeus la dirigió.
Se formaron los ejércitos combatientes. Los Titanes luchaban con Cronos, recordando que éste había sido un Titán antes que rey. Los Cíclopes y los Gigantes de las cien manos, que habían sido liberados del Tártaro por el propio Zeus, junto a los hermanos del dios, lucharon contra el Rey y, todos juntos, vencieron a los Titanes. En terrible escarmiento, el Titán Atlante fue severamente castigado como jefe de los vencidos.
La victoria de los rebeldes fue total y la libertad conquistada impulsó a los Cíclopes a realizar un generoso regalo a los tres dioses. Así Zeus recibió el rayo, Hades, el casco de oscuridad y a Poseidón le entregaron el tridente.
Una vez vencidos los Titanes, los tres hermanos dioses, señores de los tres mundos, fortalecidos con sus poderosas armas, tomaron rumbo al palacio de Cronos, último refugio del Rey Cronos. Y es allí donde Hades desarmó a su padre portando el casco de oscuridad. Poseidón se enfrentó al rey con el tridente, pero tan sólo era una maniobra disuasoria, ya que el ejecutor fue nuevamente Zeus que lo fulminó con el rayo. El poder había sido arrebatado de las manos de Cronos y los ejércitos de dioses y semidioses proclamaban Rey a Zeus. La guerra había terminado.
A partir de ese momento apareció una nueva estructura en la jerarquía sagrada. Zeus era el indiscutible rey del Olimpo. No solo dominaba el rayo, sino que regía los caminos cósmicos de la evolución de los planetas y marcaba las leyes universales.
Este es el relato de la larga historia del Rey del Olimpo, Padre de todos los dioses, al que más tarde se atribuirán mil y una leyendas, a cuál más extravagante y escandalosa.
Su madre, que lo conocía bien, sabía que era un ser lujurioso y le prohibió casarse, pero el hijo no respetó su deseo y, como respuesta, Zeus la amenazó con violarla. Rea, indignada, no aceptó su osadía y se transformó en una serpiente amenazadora, pero él, a su vez, se transformó en una serpiente macho y consumó la violación, cumpliendo su amenaza. A partir de ese momento Zeus Olímpico violó a todas las mujeres, ninfas y diosas que fue encontrando en su camino, adoptando cualquier forma, aspecto humano, animal u objeto que le fuera de utilidad.
El gusto de Zeus por los disfraces le permitía pasar desapercibido, ocultando sus fogosas intenciones de seducción, protegiendo de forma indirecta a su víctima. Este fue el caso de una de sus amantes, Semele una mujer mortal con la que convivía desde hacía seis meses, tiempo transcurrido desde que la dejó encinta. Zeus había tomado la forma de un campesino para seducir a Semele sin turbar su espíritu y bajo esta apariencia vivía con ella. Pero Hera, su esposa, que había sido informada de esta situación, introdujo la curiosidad en la mente de Semele, a la que incitó para pedir a su amante campesino que se manifieste en toda su magnitud, y El se negó. La mujer insistió y El se negó de nuevo. Por desagracia para ella, Semele, volvió a insistir a su amante, consiguiendo que Zeus entrara en cólera y se expresara en todo su poder, con el rayo, fulminándola. De esta manera, Semele quedó quemada en el acto.
Los humanos aprendieron entonces algo fundamental del dios: no hay que provocar su cólera, ya que si se llega a esa situación el dios podría expresarse en todo su esplendor, es decir, en su esencia, el rayo, y fulminarlos. El deseo de llegar al conocimiento total, representado por Zeus, es capaz de abrasar nuestra naturaleza. La búsqueda de la verdad absoluta, de la utopía, puede calcinarnos. El que se arriesgue en esta aventura debe medir bien lo que arriesga.

EL ROBLE Y EL FRESNO

En el alfabeto celta del Ogham se encuentra el árbol del roble. Roble en gaélico se pronuncia "Duir", raíz de la palabra inglesa "Door", que significa puerta. Antiguamente en Inglaterra y Gales las puertas de las casas se construían con madera de roble por tratarse de una madera extremadamente dura y poderosa.
Pero hay un doble sentido en esta imagen, la palabra puerta es la palabra que separa el adentro y el afuera, es la frontera entre dos cosas distintas. El roble es el árbol del mes central del calendario lunar celta, frontera entre la primera mitad y la segunda mitad del año. El roble era considerado por los celtas el rey del bosque, él más fuerte de los árboles, era representado por el rayo, expresando con su imagen su fortaleza, ya que sabe resistir su impacto y retoñar con la primavera.
El roble es capaz de sobrevivirnos, no años, sino siglos, generación tras generación. Las hogueras de la fiesta del solsticio de verano se hacían con madera de roble. Es el árbol que mejor identifica a Zeus.
El roble también estaba dedicado al dios Jano, el de la doble cara. No el dios mediterráneo, sino el gaélico dios In, también de doble cara, que con la conquista de las Islas Británicas por Roma, se transforma en el dios Jano, arrebatándole sus santuarios a In.
Y hablando del fresno o Nuim, también incluido en el Ogham y consagrado al quinto mes lunar del calendario celta, encontramos que su simbología añade contenido a la historia sobre la crianza de Zeus.
Cuando la Madre Tierra aceptó proteger al niño que Rea le entregaba para salvarlo de la ira de Cronos, las dos diosas estuvieron de acuerdo en dejar el recién nacido bajo los cuidados a la ninfa del fresno y ésta colgó la cuna de las ramas del árbol.
El fresno, entre los celtas de las costas atlánticas europeas, representaba los tres círculos de la vida: pasado, presente y futuro. Pero también representaba a los tres mundos: el inferior, la tierra y el cielo. El fresno era el encargado de poner en contacto los tres niveles de la existencia, representada por tres círculos concéntricos, de forma que desde cualquiera de ellos se podía, por semejanza, conocer los otros.
Punto de contacto entre las leyes del microcosmos y el macrocosmos, lo que es arriba es abajo, la cuna donde se criaba Zeus estaba colgada del fresno.”Ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el mar”. Él era quien, más tarde, gobernaría las leyes universales del mundo, el inframundo y el mar.

SAGITARIO

Todo lo dicho sobre Zeus, remitiéndonos al signo de Sagitario, representa una de las facetas de este signo zodiacal que he dado en denominar de “la Gran Resistencia”, del liderazgo por definición, del control de las leyes cósmicas, pero fundamentalmente de la capacidad de resistir ante las dificultades, confiando en el futuro.
Dicen que el roble tiene tantas ramas como raíces, siendo igual de poderoso arriba y abajo. Todas estas cualidades sumadas a la cualidad luminosa que aporta el rayo, entregan a este símbolo el tremendo poder transformador de la realidad que lo caracteriza.
La cólera divina, lo más temible de Zeus, pone a Sagitario al borde mismo del concepto divino de la cólera del hombre. Sagitario roza el sentido de la divinidad. Es la Casa de la divinidad. Y esta es la parte más espectacular y llamativa del signo, aunque hay otra, menos brillante, pero igual de interesante: la imagen del Centauro.
Paradójicamente, el signo regido por Júpiter, está representado por un Centauro, ser claramente definido en su mitad hombre, mitad caballo. El Centauro es una puerta de diferenciación, o de entrada, de transferencia entre lo que es puramente material y lo que es espiritual. El caballo del Centauro representa la parte del ser anclada al suelo, a la tierra, todo aquello que forma en sí parte de la materia, también la parte animal del hombre.
Los Centauros eran unos seres lujuriosos y salvajes, conocidos y temidos por sus apetitos incontrolados y su violencia, a excepción del Centauro Quirón.
Pero a la mitad animal del Centauro se une la parte humana, el torso de un hombre que representa el contenido espiritual y mental del ser. El torso humano del Centauro, en el signo sagitariano se acentúa con un elemento mas, un arco, fundamental en su análisis simbólico. Un arco tensado, dirigido hacia arriba, hacia las estrellas y en posición previa al lanzamiento.

El Centauro es la representación de un desarrollo mental

Sobre el caballo (animal relativamente grande, aunque eso no le impide ser veloz.) de nuestra realidad física, firmemente física, atada a este mundo gravitacional, de peso no despreciable. Partiendo de los conocimientos físicos, propios de nuestro mundo, razonamientos muy concretos atados a nuestra naturaleza física y corporal, el Centauro dispone de la cualidad de transportar esa sabiduría sobre un arco que esta a punto de ser lanzado hacia las estrellas.
Es, por tanto, la imagen simbólica de la utopía. Observando tan inmediata posición de tiro, quizás nos preguntemos si el Centauro va a disparar, o no, la flecha hacia las estrellas. Sea cual sea la respuesta, su figura tensando el arco expresa la predisposición humana al sueño: disparar nuestras flechas hacia las estrellas y alcanzar nuestro destino expresado en el gran símbolo mediterráneo del Centauro.

OCCIDENTE

¿Cuál es el papel de España, aquí, en el Occidente del Mediterráneo?

Nosotros, los españoles, hemos sido identificados con el signo del Centauro desde tiempo muy lejano. Aquí no hemos inventado la mitología mediterránea, pero esta tierra ha cumplido con un papel fundamental en el viaje de la utopía.
Por estas tierras de España, desde siempre pasaron, y siguen pasando, jinetes que traen vientos nuevos que sirven de camino entre el Norte y el Sur del Mediterráneo. De forma que Africa y Europa se juntan a través de la Península Ibérica. El Estrecho de Gibraltar, puerta al Mediterráneo y eslabón líquido entre los dos continentes, es un salto mínimo. Esta es una tierra que, sobre todo en el sur, conserva el amor al caballo y a la cultura de su crianza. Esta es la Tierra Intermedia, una tierra propicia para provocar el salto a la utopía.
Los pueblos del Norte bajaron por aquí para ir hacia Africa. Pero también los pueblos africanos del Magreb y, más aun, aquellos que venían desde las lejanas tierras del Califato de Damasco, atravesaron Egipto, la antigua Ifriquiya en Túnez y las Montañas del Atlas, pasaron por el Magreb y saltaron a la Península.
Cuando los árabes de la dinastía de los Omeyas se instalaron en Al-andalus crearon un califato independiente, de mayor esplendor que el Califato de Damasco, del que procedían. Proclamaron su independencia religiosa, es decir de pensamiento, y al construir la Gran Mezquita de Córdoba, en un gesto absolutamente simbólico, construyeron el Mimhrad mirando, no hacia La Meca como es preceptivo en todas las mezquitas para marcar la dirección de la oración, sino que en este caso mirando a Occidente.
El Occidente, que en nuestra cultura es la expresión simbólica del más allá. De nuevo la puerta. De nuevo el roble, que aquí en estas latitudes se especializa como el árbol de la encina, también de la familia de los Quercus.
Así que, en las tierras que se encuentran entre el Mediterráneo y el Océano, los musulmanes de Córdoba rezaban mirando hacia el Océano, hacia el Occidente, hacia la puesta del Sol.
Al mismo tiempo toda la tradición cristiana, desde la época de los godos, sigue un camino telúrico que parte del centro de Europa, en dirección Norte-Sur, pero que una vez que pasa la cordillera de los Pirineos y entra en la Península Ibérica se convierte en el Camino hacia el Occidente, hacia Santiago de Compostela. De nuevo el Centauro camina hacia el Occidente, al más allá, a la puerta entre lo humano y lo divino, hacia el Océano y los monstruos, hacia lo desconocido.
En el siglo X el Fin de la Tierra, el Finisterre, se marca simbólicamente a treinta kilómetros del Mar, donde se establece la ciudad mítica de Santiago de Compostela, lugar de peregrinación por excelencia en toda la Cristiandad Europea.
Pero el Finisterre Gallego no es el único, a pesar de su capital importancia histórica, en Europa Occidental hay varios Finisterres a lo largo de la costa atlántica europea: uno en Bretaña, otro en las costas de Irlanda. El Océano a partir de estos puntos de la costa era un misterio.
En aquella época, el entorno del año 1000 de la Era Cristiana, la navegación no estaba muy desarrollada, así el sueño del saltar el Océano tuvo que esperar casi quinientos años. Y sólo en el siglo XV se consiguió disponer de las condiciones técnicas, mecánicas y de cálculo, que permitieron a los marinos soñar con ir más allá. El caballo del Centauro se pone de nuevo en acción construyendo las naves capaces de alcanzar, con cierta garantía de poder regresar y contarlo, otras costas desconocidas. Para alcanzar la aventura, hizo falta construir una máquina fundamental, una nave ligera, fuerte y segura, de conducción precisa: la carabela inventada por los portugueses. De esta forma los habitantes de la Península se convierten en navegantes y descubridores de nuevos mundos.
El Centauro se preparaba para el gran salto. El razonamiento justificó la aventura: era necesario abrir nuevas rutas para llegar a las Indias Orientales por un nuevo camino, saltando el Océano. Las razones económicas y de predominio impulsaban a los estados europeos. Sólo faltaba un hombre capaz de ser el Portador del Sueño. Fue entonces cuando apareció en la escena histórica un Centauro, Cristóbal Colón. Un extranjero en la Corte de Castilla asumió la tarea de convencer con sus razonamientos a los dignatarios del reino de Castilla: "saltar" el Océano Desconocido era posible.
La verdadera tarea encomendada a los hombres Centauros es la de lanzar la utopía hasta las mentes de los otros mortales y convencerles de que saltar es posible. Pero ésta es una idea descabellada si por nuestra seguridad fuera, ningún humano saltaría el Océano para ver que hay al otro lado del agua.
Cristóbal Colón convenció a sus marineros y los montó en las naves, les contó que la travesía sería cosa sencilla y rápida, que había calculado las distancias y el viaje sería corto: aproximadamente de un mes.
Como ya sabemos, al cabo de un mes no habían llegado y esos hombres aterrados, en medio de un Océano desconocido, sin retorno posible, estaban a punto de la sublevación. Pero el Centauro no iba a abandonar su sueño, había apoyado fuertemente sus patas en el fondo del Océano y no iba a desistir. Cristóbal Colón insistía arengando a su tripulación: al "otro lado" había tierra. Es entonces cuando hace su conocida promesa de regalar un jubón nuevo y una bolsa de oro al primero de sus marineros que vea tierra y grite para anunciarlo. ¡Que cosa más simple para convencer a los hombres a no rendirse! Resistir ante la adversidad. Esperar. La flecha ya no podía pararse, ya había sido lanzada.
Hay momentos primordiales, mágicos en la historia de la Humanidad, en los que necesitamos creer que la flecha ha sido lanzada y no tiene retorno. Pero volviendo a las leyes de la física, la conclusión es mucho más pragmática: la utopía no es alcanzable. Es un sueño global orientado hacia donde se nos invita a aventurarnos. La flecha, que el Centauro disparó a las estrellas, alguna vez ha de caer. Aunque lo que aquí nos importa es la necesidad de atreverse a lanzarla, vencer el miedo a lo imposible y de ese modo, poner en contacto la tierra con el cielo.

ÍCARO

Las leyendas mediterráneas han producido muchos mitos que se duelen de la caída de la flecha y el final del soñado viaje, una de ellas es la leyenda de Ícaro. Se trata de una lectura trágica del símbolo del Centauro de Sagitario y dice así:

Dédalo era un artista, ingeniero, astrólogo, mecánico, arquitecto, hombre renacentista de su época, que vivía en la corte del rey Minos, allá en la Isla de Creta. Por orden de su rey, Dédalo había construido un laberinto, donde Minos había encerrado al Minotauro, monstruo salvaje y cruel, mitad hombre y mitad toro que aterrorizaba al pueblo cretense, ya que su único alimento eran jóvenes doncellas y muchachos adolescentes a los que devoraba.
El Minotauro había sido engendrado sorprendentemente por la propia esposa del rey Minos, Parsifae, que había parido aquel ser vergonzoso, después de mantener contacto carnal con un toro sagrado blanco que el dios Poseidón había regalado a Minos para ser sacrificado en su honor. El toro sagrado había surgido del mar, envuelto en espuma, fascinando a la reina Parsifae, que lo había deseado sexualmente desde que lo viera por primera vez.
Dédalo era cómplice de Parsifae, ya que había ayudado a la reina a tener relaciones antinaturales con el toro sagrado. Con tal fin, había construido una vaca de madera, donde la reina se metía, y desde donde ella había conseguido seducir al toro y copular con él. Resultado de aquella unión aberrante nació el Minotauro. Ante un hecho tan vergonzoso, el rey quiso ocultarlo dejándolo en algún lugar donde nadie lo viera. Le pidió a Dédalo que construyera un laberinto y allí confinó al monstruo. Pero entonces el rey Minos conoció la participación de Dédalo en la intriga de la reina y, comprendiendo que también era culpable de la existencia del Minotauro, decidiendo darle un castigo ejemplar. Dédalo fue encerrado en su propio laberinto. Y no solo, ya que también condenó al encierro a su hijo Ícaro. De esta manera Dédalo se vio enfrentado a su propia obra.
Dédalo sabía que de ese laberinto no se podía salir, él lo había construido. El laberinto era un sinuoso lugar lleno de caminos cerrados, espejos que engañaban a los ojos con perspectivas falsas y estaba plagado de luces y trampas. Su constructor encerrado, estaba ya cercano a la desesperación cuando, en un último intento de sobrevivir a la adversidad, surgió en su mente la utopía.
Sólo existía una forma de salir del laberinto humano de la materia, volar como los dioses. La imagen del Centauro reverbera detrás de esta fábula, mientras tensa su arco dispuesto a disparar su flecha a las estrellas.
Dédalo consiguió cazar unos gansos, pegó sus plumas con cera a sus brazos y a los de su hijo, y le dijo: “Vamos a salir volando”. Frase que le aproximaba a la cualidad esencial de los dioses, el vuelo, equivalente a entrar en contacto con la parte divina de su ser.
Pero, atención, porque todo tiene su límite y sería insensato para un ser humano creer en la utopía de llegar a ser dioses. Tan solo podemos acercarnos un poco a ellos y volar como si fuéramos dioses, eludiendo con artefactos la ley de la gravedad.

Ícaro respondió: “Si padre, te seguiré a donde tú vayas”. Y así comenzaron el vuelo por encima del mar.

Ícaro era joven, no le tenía miedo al riesgo, pensaba que quizás a su padre no le quedaban más ilusiones en la vida que intentar salvarla y volar. Pero Ícaro se sentía diferente creyendo que él podía llegar más arriba.

“¡Ícaro, no te acerques a Helios, puede quemarte las alas!”

La expresión del dios en toda su plenitud puede quemar, calcinar a quien se aproxima demasiado. Ícaro se encontraba cada vez más y más embriagado con su vuelo, siguió subiendo y acercándose al Sol hasta que se le derritió la cera.
Si nos acercamos demasiado a la utopía, se nos derrite la cera, porque, finalmente, el mecanismo que nos impulsa es un mecanismo terrestre.
Todos sabemos lo que sucedió entonces: Ícaro cayó al mar y se ahogó. Dédalo no pudo impedirlo.

AQUÍ, AHORA

Este es el momento de preguntarnos: ¿Hasta dónde nos abarcan y nos involucran los símbolos?

Y es un buen momento, ahora que Plutón transita por el signo de Sagitario y podemos comprender que significa el tiempo de la Caída del Ícaro. Ahora que nuestra nostalgia hace encender la llama olímpica en su pebetero, cada año, en recuerdo de aquel sueño hermoso que fue para Barcelona el verano del 92. Ahora quiero recordar esta historia:

Es de noche y el silencio de la multitud se instala en las sombras cuando un hombre entra corriendo en el Gran Estadio Olímpico.
Se detiene al entrar y jadea.
En la mano, porta la antorcha con el fuego que acaba de robar del Templo de Hera, allá en el Monte Olimpo.
Es el fuego que, ayudado del Centauro Quirón, ha robado a los dioses para entregar a los hombres.
El origen de nuestra civilización comienza con este robo sagrado.
Prometeo, el atleta, será más tarde eternamente castigado por el Padre Zeus, pero su misión se habrá cumplido.
Ceñida a su frente lleva la cinta blanca, símbolo de la claridad de la consciencia.
Muestra orgulloso la antorcha y luego emprende de nuevo la carrera en un último esfuerzo. Corre y corre entre la multitud que le abre camino.
Su esfuerzo se inclina en la rampa que ha de llegarle a la plataforma donde le espera otro hombre, el último atleta.
Se detiene y alarga el fuego hacia él...

... Pero este hombre es distinto, no es un hombre más. Es un atleta paraolímpico que, en un movimiento concentrado, arrastra sus piernas y se mantiene firmemente sobre sus pies anclados al suelo. En las manos sostiene un arco y una flecha, que ha aproximado a la antorcha sagrada. La flecha se ha inflamado.

El último atleta vuelve su cuerpo lentamente hacia el firmamento, fija su voluntad en el objetivo y dispara.
Como un cometa, la flecha vuela hacia las estrellas.

Todos los que estabamos en el Estadio, o frente al televisor, miramos la trayectoria del pequeño fuego sagrado conteniendo la respiración. Todos ayudamos, todos pensamos que los segundos no se terminarán nunca. Y por fin, como en los sueños, la flecha alcanza su destino.
La antorcha olímpica se multiplica por mil, por diez mil, por un millón y todos lanzamos un grito al firmamento.
El hombre que ideó la escena tocó la fibra más sensible de nuestra naturaleza hispana.